Esto de viajar ha tenido, desde siempre, una buena prensa inmerecida. Debe de ser una reminiscencia de los tiempos en que éramos nómadas. Si no, no me lo explico, porque esta práctica malsana de desplazarse sin necesidad, como escribía recientemente Jordi Llovet, tiene todos los elementos de un castigo divino. Viajar, como diría Paul Morand, se puede resumir en marchar lejos para encontrar las ganas de volver a casa.

Viajar resulta francamente incómodo, por decirlo suave. Implica una serie de molestias a las que no tenemos ninguna obligación de someternos y, en cambio, nos entregamos de gusto. Con entusiasmo, casi. Para empezar, levantarse a horas en que la prudencia y la decencia recomiendan ser en la cama o, cuando menos, en casa. Después, dejar nuestros lugares cómodos y prácticos, que ya hemos adaptado a nosotros, para entrar en hormigueros inhumanos desordenados, sucios y ruidosos, tales como aeropuertos o estaciones de tren, cargando toda una serie de objetos que tampoco habría que haber sacado de casa , y fatigarnos en medios de transporte de todo tipo. Porque todos cansan: horas interminables de carretera, sacudidas sin tregua en un ferrocarril, aquel agotamiento antinatural de los viajes en avión, el mareo de los barcos.

Cómo sacar el máximo rendimiento a un viaje

Una vez llegados a destino tampoco se acaban las estorbos. Toca dormir en cama extraño, en una habitación provisional, a veces poco acogedora, y comer comidas a los que el estómago no está nada acostumbrado y que sufre por digerir. ¿Y todo por qué? Para pasear, con la ropa arrugada o mal combinada o directamente sucia, gracias a los límites que impone el equipaje, por lugares donde no se nos ha perdido nada y que apenas recordaremos al volver a casa. Seguro, habremos tomado un centenar de fotografías, pero, como todo el mundo sabe, las fotos no sirven para recordar nada, sólo para exhibirlas ante los amigos y hacer el pijo: ¡oh, es que fuimos aquí y fuimos allí y lo es tan bonito!

Aquí radica el problema principal: la presión social. Presumir ante parientes y conocidos de haber estado en un lugar exótico es todo el placer que reporta haber sido. Es tan absurdo como provocar el envejecimiento de la piel para demostrar que uno dispone de tiempo libre. Se ha de acabar: debemos dejar de incitar los unos a los otros a cometer estos disparates. No es sostenible desde ningún punto de vista, empezando por el ecológico. Quedémonos en casa.

Porque viajar no mejora al que viaja ni a quien acoge viajeros. Viajando ni aprende nada ni se cura el nacionalismo. “Oh, es que viajando sales de la rutina”, dicen algunos. Primero, la rutina no hace daño; segundo, ¿viajar no es una rutina, al fin y al cabo? Por otro lado, las personas que mueven por el mundo tampoco reportan beneficios a los sitios que los entorno. Algunos lugares se transforman para acoger mejor a los turistas y dejan de ser como eran … a pesar de que el hecho de ser como eran fuera lo que atraía a los turistas. Otros suben los precios para todos, se ensucian o, directamente, terminan destruidos por la erosión y el vandalismo de los rebaños humanos que afluyen. Absurdo! Ya lo he dicho: cada uno en su casa, que estaremos todos mejor.